Opinión
Las ruinas del porvenir

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Las ruinas del porvenir

Juan Carlos Puebla Pavlovich·27 de octubre de 2026·4 min

El mundo está en ruinas. Lo dijo Guillermo del Toro en Morelia cuando, frente a una audiencia de artistas, lloró con la autenticidad que se le reconoce y dio una cátedra sincera sobre mucho de lo que nos ocurre.

Todos sabemos que algo anda mal en estos tiempos fríos, plagados de odio y conspiraciones. De alguna forma, se olfatea el ocaso de un sistema. Algunos lo llaman liberalismo. Se ha señalado a distintos culpables: la secularización, el capitalismo, la desigualdad, la liberación sexual, el individualismo, el colectivismo, el materialismo, la burocracia, el Estado de bienestar, los migrantes y tantas otras hipótesis y actores que, a veces, ni la deben ni la temen.

Independientemente de a quién se atribuya la culpa, parece existir un reconocimiento compartido de que las cosas no están bien. Hay una sensación de agotamiento, de escepticismo y, me atrevería a decir, de nihilismo. Ya ni el cambio del cambio entusiasma.

La decepción es colectiva. La juventud no se digna a rebelarse contra un sistema que parece haberla condenado a unas condiciones materiales que nunca son suficientes. Posiblemente no podremos acceder a las pensiones que hoy tienen los adultos mayores, carecemos de la capacidad de adquirir vivienda y de generar patrimonio. El mito de la meritocracia se derrumba a pedazos; el échaleganismo, la disciplina y el trabajo duro ya no garantizan mejoramiento alguno. El descontento que se extiende entre la juventud se expresa en la epidemia de soledad no deseada y la pérdida de la ilusión del posible autogobierno, esa capacidad verdadera de realizarse a sí mismo y sentirse parte activa en la toma de decisiones de una comunidad. Solitarios, frustrados y resentidos, parece que se sobrevive al mundo; la esperanza nos ha sido arrebatada. Cada vez se acepta con mayor resignación que el futuro no será optimista. En Francia lo saben, el caos por el caos parece la última vía para que algo nos haga sentir vivos.

Mi generación está condenada, lo dijo Del Toro, y en gran medida lo está por quienes nos precedieron. El fenómeno es compartido y diacrónico. ¡Hemos fallado! Basta con ver el enojo con el que los menos participativos en los procesos políticos y democráticos incendian las plazas públicas de Europa. No es solo Francia, el fenómeno es occidental. El Nuevo Mundo es demasiado nuevo para deprimirse y sumirse en la nostalgia, por eso América se mantiene vital, pero Europa ya lo vivió todo.

Europa es el museo de Occidente. Podemos retratar nuestra civilización en el viejo continente; por ello, su conciencia política es alta y debería aterrarnos lo que sucede al otro lado del charco. La desesperanza los invadió y esa sensación de vacío se expande por América.

En la era de las libertades, nada nos sacia. No lo hace el Estado de bienestar, ni el capitalismo, ni el orden liberal, ni la apertura migratoria, ni la paz, ni la guerra. La realidad se nos escapa de las manos. Lo ajeno aterra y lo conocido decepciona. Las tensiones son naturales a la dialéctica de la historia, lo sabemos, pero estamos cansados de ser víctimas de ellas.

El demonio del mediodía nos acechó, como lo hacía con los monjes de la Antigüedad tardía, quienes narraban la pérdida gradual del fervor espiritual. Mientras florecía el día, un demonio asociado con un fenómeno conocido como acedia —proveniente del griego antiguo ἀκηδία (akēdía), antecedente de algunas experiencias que hoy asociamos con la depresión— los visitaba y atacaba el alma de aquellos seres que buscaban la conexión absoluta con su Dios. Cuando este fenómeno ocurría, el monje Evagrio Póntico lo describía así: «Hace que el sol parezca moverse lentamente o permanecer inmóvil, de modo que el día parece tener cincuenta horas». Se aletargaban poco a poco, nada les parecía propio, detestaban todo: su celda, sus compañeros, la comida, su trabajo, su vida, hasta a Dios. En sus recorridos silenciosos aparecía la fantasía de vivir otra vida, de colgar el hábito, de dedicarse a un oficio más llevadero; comparaban futuros. El suyo se les presentaba como una sucesión de sacrificios interminables e insoportables.

Aquella experiencia parecía orillar al monje a distintos caminos: abandonarlo todo para cambiar de rumbo, hundirse en el desprecio de sí mismo y la resignación, o superar las tentaciones para renacer en un estado de calma y amor, hasta alcanzar el desprendimiento absoluto de sí mismo. ¿Quién combate la pobreza de satisfacción que se extiende por el mundo? La acedia es social, es el mal de nuestros tiempos y nadie parece tener una respuesta. Todo es rentado: vivienda, carros. Alquilamos y no poseemos, estamos de paso, desarraigados. Tenemos la posibilidad de experimentarlo todo, pero nada nos pertenece. Estamos ante la paradoja de la libertad: las posibilidades son inmensas y, por ese mismo motivo, no sabemos qué escoger, porque la fugacidad nos impide retener aquello que elegimos.

La política no tiene respuesta, la religión ha perdido autoridad moral, la espiritualidad se ha desligado de las comunidades, la nación es superada por la globalización y la identidad personal se forma en el aislamiento, no en la comunidad. Estamos solos y desesperados. Parece que el único camino es incendiarlo todo, incluso reducir a escombros las ruinas de las ruinas para, por lo menos, volver a sentir algo.

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