Opinión
El futuro cyberpunk nos alcanzó

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El futuro cyberpunk nos alcanzó

Dos noticias recientes me asombraron. Hace tiempo que no me sorprendía de esa manera. Mi limitada cognición y capacidad de análisis me hicieron preguntarme: ¿nos estamos haciendo estúpidos?

Juan Carlos Puebla Pavlovich·15 de septiembre de 2026·3 min

Desde que la prueba PISA publicó sus recientes resultados, me quedó claro que estamos ante una crisis en todas las áreas, sobre todo en la comprensión lectora. Como admirador y egresado de las ciencias sociales, tengo un sesgo: tiendo a subordinar todas las disciplinas a las humanidades.

No concibo un mundo sin lectura porque entiendo el conocimiento como la unificación de distintas visiones del mundo. El aprendizaje no es solamente —como pregonan los amantes del mercado— el desarrollo de competencias. El simple hecho de utilizar el término «capital humano» para hacer referencia a la necesidad de desarrollar habilidades técnicas en las personas, con el objetivo de mejorar las condiciones materiales de una sociedad, me parece reduccionista.

Independientemente de eso, ninguna ciencia exacta o pura puede desarrollarse sin comprensión lectora porque, hasta ahora, como nos revelan los resultados de la OCDE, la forma más eficaz de aprendizaje es analógica, no digital. Concentrarse, leer, investigar, tomar apuntes, escribir y pensar constituyen ese método milenario y comprobado que permite el proceso de aprehensión de contenidos para convertirlos en conocimiento.

La hiperespecialización de las disciplinas, en favor de la industrialización y el capitalismo, terminó por desplazar el ideal renacentista del Homo universalis. ¿Qué tenían en común Da Vinci, Leibniz, Newton, Descartes, Aristóteles, Benjamin Franklin, entre otros genios? Eran polímatas. Grandes pensadores que dominaban distintas áreas del conocimiento porque consideraban al mundo, al hombre y a Dios como misterios por resolver en la búsqueda de una explicación única.

Eran exploradores. Se sumergían en los saberes antiguos de la filosofía, la física, la química y las matemáticas para intentar explicar los fenómenos que los rodeaban. El conocimiento no se entendía como fragmentos divididos, era cabal. Para comprender los misterios profundos de la existencia humana era necesario, también, sumergirse en las realidades físicas que los rodeaban. Y en ese estudio profundo del todo trataban de dar una explicación universal, de expresar una cosmovisión completa de la vida, el mundo y Dios.

Montaigne entendía que «cada hombre lleva en sí la forma entera de la condición humana». Ahondar en nuestra propia condición daba sentido también al estudio de la naturaleza. Nunca se ha podido desligar la existencia del mundo en el que se está inserto.

La otra noticia que me sacudió fue la renuncia de Jacob Coxon, joven británico, empleado de Anthropic y desarrollador de inteligencia artificial, quien, escandalizado por los avances de la IA, advirtió de una posible catástrofe mundial.

Nunca he tenido la capacidad de imaginar el futuro. Cuando lo hacía, en mis tiempos más pesimistas, lo imaginaba como un lugar cyberpunk, retratado a la perfección en la saga Blade Runner: una estética de pantallas excesivas, ruido permanente, un espacio aéreo repleto, vigilancia constante y máquinas cada vez más difíciles de distinguir de los seres humanos.

Pero lo verdaderamente inquietante de Blade Runner no es su estética punk, sus anuncios luminosos o sus ciudades oscuras. Es no saber exactamente de qué es capaz la humanidad. Roy Batty es un replicante, un ser creado artificialmente y condenado a vivir apenas cuatro años. Al final de la película tiene frente a él a Deckard, el hombre encargado de perseguir y matar a los de su especie. Podría dejarlo morir, pero lo salva.

La paradoja de Ridley Scott está representada en la salvación de Deckard y en la capacidad de sacrificio de Batty. Sabe que está a punto de morir y recuerda las cosas extraordinarias que ha visto. Todo eso desaparecerá con él. La máquina que debía carecer de humanidad termina salvando a un hombre, sintiendo miedo a morir, nostalgia por lo vivido y compasión por quien quería matarla.

¿Y si el problema no son las máquinas, sino la humanidad que está creando un futuro distópico capaz de destruirnos? Si conocemos los posibles efectos negativos de la inteligencia artificial, si algunos de sus propios desarrolladores comienzan a advertirnos sobre ellos, ¿por qué no frenamos?

Quizá hasta un algoritmo terminaría por advertirnos que llegó la hora de frenar esta carrera tecnológica porque podemos condenar la vida de nuestros hijos.

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