Cultura
Clandestinos - Los perros del camino | c3
La noche cayó sobre la Sierra de Sonora como cae una cobija gruesa sobre un cuerpo cansado, de esas que en el pueblo se agradecen aunque raspen tantito. No llegó de golpe. Primero se fue apagando el filo del calor, luego el cielo agarró tonos de carbón, y al final todo quedó cubierto por una oscuridad tibia, con olor a tierra vieja, a humo de mezquite y a tortilla recién salida del comal. En San Pedro de la Cueva, las pocas luces que seguían prendidas no alumbraban mucho; eran amarillas, humildes, como si también ellas supieran que en ese pueblo nunca era buena costumbre llamar la atención. Aquí no se presume, se trabaja, decía la gente vieja, y hasta los focos parecían obedecer.
Las sombras se pegaron a las paredes de adobe, a los horcones del patio, a las ramas de la bugambilia y a las esquinas de las casas, igual que perros viejos que ya conocen su lugar para dormir. Por las calles de tierra se oían ladridos sueltos, pasos de gallina buscando un palo alto, un burro que rebuznaba al fondo de un corral, y de vez en cuando el rechinido de alguna puerta que se cerraba antes de que la noche se pusiera más seria. Perro que ladra no muerde, decían algunos, pero en la sierra todos sabían que había perros que ladraban para avisar y otros que nomás ladraban para vender el susto.
En la cocina de la casa de José, el fogón respiraba quedito. Las llamas, azules en la base y anaranjadas en las puntas, lamían unas ollas negras que ya traían encima años de café, caldos, frijoles, sustos y silencios. María del Socorro lavaba los platos en una batea de peltre. Sus manos, huesudas y trabajadoras, iban y venían sobre la loza con una paciencia que parecía rezo. Frotaba, enjuagaba, acomodaba. Frotaba, enjuagaba, acomodaba. No necesitaba decir nada para que se supiera que estaba pensando de más.
Traía la trenza bien apretada y una mantilla de algodón amarrada en la nuca. El vapor del agua caliente le subía a la cara y le suavizaba el cansancio de los ojos. Cada plato limpio que dejaba sobre la mesa parecía una pequeña manera de ordenar el mundo, aunque afuera el mundo siguiera desordenado. En Sonora, la palabra pesa, pero a veces pesa más un plato acomodado con rabia contenida.
Doña Claudia, la nana, alta, ancha de espalda y de cabello blanco como cal recién apagada, acomodaba unas veladoras frente a San Judas, la Virgen del Carmen y un Cristo de madera que José había pintado cuando era más chico, cuando todavía creía que todos los santos podían caber en una cartulina. La pintura del Cristo ya estaba gastada en las orillas, pero la mirada seguía ahí, seria, como si también hubiera aprendido a mirar sin preguntar. La palabra vale más que la firma cuando hay honor, pensaba ella, y por eso rezaba sin andar explicándose.
María del Socorro talló un plato con más fuerza de la necesaria. No volteó cuando dijo: —No me gusta que se vayan de noche.
Doña Claudia prendió una vela, protegió la llamita con la mano ahuecada y esperó a que agarrara bien antes de contestar. —A mí tampoco, hija. Pero las cosas no le piden permiso a una. El monte no entiende de reloj… y el miedo, menos. Amalaya uno pudiera decirle al camino que espere tantito, pero el camino no es criado de nadie.
María del Socorro dejó el plato en la mesa. El agua le escurría por los dedos. —El miedo sí entiende. Nomás se hace el sordo.
La nana la miró con ternura cansada. Luego acomodó otra veladora y se llevó el escapulario a los labios. —Por eso hay que hablarle suavecito. Si le gritas, se crece.
Afuera, el camión de Armando tosió dos veces para calentarse. El motor primero sonó ahogado, luego agarró fuerza con un rugido grave que hizo vibrar la calle de tierra. Los acelerones levantaron polvo y hojas secas. Un perro ladró primero. Otro le contestó más abajo. Luego otro, más lejos. Los perros del pueblo pasaban la alarma de hocico en hocico, como si el camino les hubiera avisado antes que a la gente. Donde hay polvo, hay camino; donde hay camino, hay oportunidad, decía Don José Chiripa, pero esa noche el polvo también traía advertencia.
José estaba junto a la puerta, apretándose las agujetas sin mirar los dedos. Traía la chamarra cerrada hasta arriba, la gorra bien calada y una linterna chica amarrada a la muñeca. En el bolsillo interno le palpitaba la libreta. No era un palpitar de verdad, claro, pero él lo sentía. Como si ese cuaderno rayado fuera un corazón de papel donde guardaba las palabras que todavía no se animaba a decir. El buqui, aunque ya no quisiera que le dijeran así, seguía siendo niño para su madre.
Armando se asomó al umbral. Llenó la entrada con sus hombros anchos, su barba áspera de varios días y esa piel curtida de hombre que ya no se asusta con el sol ni se ablanda con cremas. Traía los ojos oscuros, atentos, de esos ojos que miran poco pero miran completo. Levantó la cara hacia el cielo. La Vía Láctea cruzaba la noche como una cicatriz luminosa, abierta de cerro a cerro. —Doble viaje en un día no me gusta —murmuró, más para sí mismo que para los demás—. No ensilles antes de traer la bestia, y nosotros ya andamos ensillando la noche completa.
María del Socorro volteó apenas. —Entonces no vayas.
Armando bajó la vista. No se enojó. Con ella nunca se enojaba rápido. —El Chato Arellano mandó mensaje. Quiere más. —Que quiera. El que mucho abarca, poco aprieta, y ese hombre nunca ha sabido apretar con medida. —Cuando quiere más, paga mejor.
La frase cayó en la cocina sin hacer ruido, pero todos la oyeron. En esa casa, el dinero no era tema de ambición. Era tema de frijol, de medicina, de botas, de techo, de escuela, de deudas pequeñas que se volvían grandes si una las dejaba crecer.
José sintió el amargor del café de talega todavía en la boca. Ese amargor le empujó el pecho, como si lo despertara por dentro. —Lo que haga falta, tío —dijo.
María del Socorro lo miró. No con enojo. Con ese dolor de madre que sabe que el hijo está creciendo hacia un camino donde ella ya no puede ponerle el cuerpo por delante. —No te me hagas muy hombre, mijo —le dijo en voz baja—. No todo el que trae botas sabe andar en el monte.
Armando salió primero. José lo siguió. Antes de subirse al camión, el tío abrió la guantera y acomodó un puñado de casquillos rojos, brillantes, como granos de granada madura. José alcanzó a verlos con la luz del tablero. —¿Y eso, tío? —preguntó.
Armando cerró la guantera sin apuro. —Son amuletos.
José no entendió. —¿Amuletos? —A los de uniforme les impresiona más el ruido que las palabras. Y de noche, más. Pero a veces el puro ruido te compra un minuto.
No dijo más. No hacía falta. José se quedó mirando la guantera cerrada, sintiendo que el camino no solo estaba hecho de polvo y curvas, sino también de cosas que uno no quería usar, pero tenía que traer cerca.
La Churea arrancó rodando despacio y se tragó la calle de tierra. Al pasar frente a la iglesia, José vio una vela temblando detrás de una ventana. En la puerta de la casa, Doña Claudia se persignaba en silencio, sin levantar mucho la mano, como si no quisiera espantar la bendición. María del Socorro no salió. Se quedó adentro, de espaldas, secándose las manos con el trapo, pegada al suelo por ese hilo invisible que a veces se llama presentimiento. Ser sonorense es aprender a resistir sin andar llorando, le había oído decir a su madre, pero resistir también dolía.
En la esquina, recargado en un poste, estaba el Meño. Parecía que había nacido ahí, de la madera y la sombra. Traía la cachucha baja, la sonrisa ladeada y el pie izquierdo apuntando tantito hacia afuera, como siempre, como si una parte de él ya estuviera lista para correr antes de que la otra decidiera. Levantó dos dedos a la visera. —¿Y eso, socio? —dijo, sin moverse—. Nomás cuiden la bajada del vado. Hoy corre agua chismosa.
Armando ni siquiera frenó. —Duérmete, Meño. Deja el camino en paz.
El muchacho sonrió más. —El camino es de todos, tío. Nomás hay que saber por dónde pisa cada quien. Caballo que alcanza, gana, ¿no?
José volteó a verlo por la ventanilla. Por un segundo sus ojos se encontraron. El Meño no parecía estar deseándoles mala suerte. Eso era lo peor. Parecía nomás estar escuchando. Contando. Guardando. Como alhuate en la camisa, ahí se quedaba su mirada: chiquita, molesta, difícil de sacar.
El camión dejó atrás el pueblo. La brecha al sur se tendía pálida bajo la luna. Los mezquites encorvados parecían viejos rezando el rosario. El aire traía olor a salvia silvestre, a tierra fría, a hojas secas. Era esa frescura mordelona de la sierra que obliga a meter las manos a los bolsillos y a cerrar la boca.
Las barricas iban en la caja bajo una lona nueva, bien amarrada, bien ceñida. No se movían. No crujían. José pensó, con una risa que no se animó a soltar, que el bacanora esa noche viajaba vestido para misa. Armando manejaba en silencio. Al rato, sin mirarlo, le dijo: —Pon atención.
José enderezó la espalda. —Sí. —Hay dos cosas del camino que debes conocer mejor que tu propia cara: la polvareda y el silencio. La polvareda te delata. El silencio te salva. Al mal paso, darle prisa, pero al paso oscuro hay que ponerle el oído.
José miró por la ventanilla. El monte parecía quieto, pero no lo estaba. Nunca lo estaba. Las hojas se rozaban como faldas. Los insectos traían pasos de vidrio. Los grillos marcaban su cadencia. A lo lejos, un coyote aulló, y otro le contestó como de compromiso, sin muchas ganas, nomás para no dejarlo solo.
La caja del camión olía a madera, lona, gasolina y ese secreto dulce del agave cocido que nunca se iba del todo. José respiró profundo. En su cabeza apareció una frase, pero no sacó la libreta. No hacía falta escribirla para que se le quedara: clandestino no es el que no existe; clandestino es el que sabe dónde no debe estar. Aquí se ocupa hablar quedito para oírse por dentro. Después de un rato, se animó a preguntar: —¿Tú tuviste miedo la primera vez?
Armando soltó una sonrisa corta por la comisura. —Claro.
José lo miró, sorprendido aunque no tanto. —¿Mucho? —Lo suficiente pa' no hacerme tarugo. Nomás los suatos presumen que no tienen miedo.
El tío metió segunda en una subida y siguió hablando sin adornos. —El miedo es como el maguey, mijo. Si no te pinchas con una espina, no aprendes de dónde agarrarlo. Pero si le agarras el modo, hasta te da de comer. El sol no perdona, pero el sonorense tampoco se raja.
José se quedó pensando en eso mientras el camión avanzaba. El primer tramo salió limpio. Cruzaron el arroyo seco de los carrizales. Pasaron junto al mezquite retorcido que, según Armando, saludaba a los que volvían. El cielo estaba tan bajo y tan lleno de estrellas que José sintió que, si levantaba la mano, podía despeinar a la noche. Entonces un silbido breve partió el murmullo.
Armando bajó la velocidad sin apagar el motor. De la orilla salió una sombra con una chamarra de mezclilla y la cachucha deslavada. Era un hombre flaco, de barba rasposa y un diente chueco que se le notaba cuando hablaba, como de quien mastica siempre del mismo lado. Se acercó al vidrio sin mirar mucho alrededor, porque precisamente por eso miraba todo. —¿Todo bien? —preguntó.
Armando contestó seco: —Todo bien.
El hombre se rascó la oreja con un gesto corto. —Dicen que en el vado de Mátape hay luz. Dos camionetas. Una con torreta.
José sintió que la palabra "torreta" le enfrió la nuca. Armando no agradeció ni maldijo. Nomás asintió apenas, metió primera y siguió. La mandíbula se le puso dura. José se guardó la pregunta un rato, pero le salió sola. —¿Policía?
Armando miró el camino. —De día, sí. —¿Y de noche? —De noche depende de quién pagó la gasolina. Cuando el río suena, agua lleva; y cuando una torreta espera en el vado, alguien sopló antes.
No dijo más. Pero a José le bastó para entender que allá afuera no todo lo que traía placa traía ley, y no todo lo que vestía uniforme venía de parte de la justicia.
El vado de Mátape apareció un rato después. La luna se derramaba sobre el agua como si alguien hubiera vaciado plata en el arroyo. Más allá, entre ramas y polvo, una luz azul palpitaba en la noche. Torreta. Un latido ajeno en medio del monte. Armando apagó las luces. José bajó la voz sin darse cuenta. —¿Y ahora?
El tío puso las dos manos firmes en el volante. —Ahora vemos sin ojos. Aguanta, mijo.
Dejó rodar el camión con el embrague pisado. El motor bajó hasta volverse casi respiración. La lona dejó escapar el olor del agave cocido, dulce y terroso, mezclado con el sudor frío que ya le nacía a José en la espalda. A veinte metros se oían voces. Una carcajada floja. Luego un silencio filoso.
Armando tomó una vereda de cazadores. No parecía camino. Era apenas una lengua de tierra entre pasto seco, piedras y ramas. La carrocería fue arañada por los mezquites. Las ramas chillaban contra el metal con uñas flacas. José apretó los dientes para no hacer ruido, como si el sonido pudiera salirle por la boca aunque no hablara. Ni resuelles como si estuvieras asustado, pensó, repitiéndose una frase que alguna vez le dijo su nana para hacerlo reír.
A la derecha pasó una guásima alta, con una cicatriz larga en el tronco. Armando movió apenas el volante, como saludándola. José la grabó en la memoria. Guásima con cicatriz. Ahí. No sabía para qué, pero ya había aprendido que en el camino cada árbol podía ser un mapa.
Volvieron al camino ancho. Armando alcanzó a soltar aire, pero no alcanzó a decir nada. Porque en ese momento un faro blanco les mordió la espalda. Luego otro. Un motor rugió detrás de ellos. Y al otro lado del vado apareció una luz portátil, impertinente, moviéndose como ojo que busca. José sintió que el estómago se le subía hasta la garganta. —Nos vieron.
Armando apretó el volante. —Nos olieron. Agárrate.
El camión brincó sobre una costra de baches. La caja tronó. Las barricas golpearon suavemente bajo la lona. Un disparo seco retumbó lejos. Otro sonó más cerca, como una firma sin tinta. —¡Tío! —Cállate y mira los árboles —dijo Armando, duro, sin voltear—. Busca la guásima de la cicatriz. Ahí nos metemos.
José pegó la cara al vidrio. Todo pasaba rápido: mezquites, huizaches, sombras apretadas, piedras, polvo, ramas. El corazón le golpeaba tanto que casi no podía ver. Entonces apareció el tronco ancho, marcado, con aquella cicatriz que parecía mapa. —¡Ahí! —dijo, señalando con toda la mano.
Armando jaló el volante. El camión se salió del camino y se metió en una lengua de tierra blanda que olía a humedad antigua. Bajaron entre ramas. El tío apagó el motor de golpe y, casi en el mismo movimiento, agarró a José de la chamarra. —Abajo. Arre, pero sin hacer ruido.
Rodaron hacia un hoyo de sombra, una especie de barriguita de la sierra escondida entre piedras y raíces. José cayó sobre tierra fría. Se raspó el codo, pero no hizo ruido. Armando le puso una mano en el pecho para que no se moviera. Las luces pasaron primero de largo. Luego se detuvieron a unos metros. Pasos. Voces.
La torreta empezó a peinar el monte con luz azul y roja. Azul. Rojo. Azul. Rojo. Cada color tocaba las ramas y las volvía otra cosa. Un grillito porfiado siguió cantando como si aquello no fuera con él. Mucho sombrero y poca rienda, pensó José de esos hombres que hacían escándalo para sentirse dueños de la noche. Una voz seca dijo: —Huelen a cocina.
Otra, más joven, contestó con risa contenida: —¿Pa' dónde se metieron? —Pa' donde siempre. Pa' abajo.
José no respiraba. O respiraba tan poquito que ni él se oía. Sentía la tierra fría contra la mejilla, el olor a raíz, a humedad, a polvo mojado. Armando estaba a su lado, quieto como piedra.
El haz de una lámpara rozó la lona del camión y algo brilló. Un broche. Un pedacito traicionero de metal reflejando luz. José sintió que todo se acababa ahí. Pero Armando, sin levantarse, agarró un puño de tierra húmeda y la lanzó con puntería vieja. El barro cayó sobre el broche. El brillo se murió.
Una sombra se asomó cerca del hoyo. José alcanzó a ver el cigarro encendido: un aro naranja flotando en la oscuridad. El hombre tenía la nariz torcida, rota desde hacía años. Miró hacia donde estaban, pero no los vio. O no quiso verlos. A veces en la sierra también eso pasa. —Nada —dijo, bostezando a medias—. Puras piedras y espinas.
Se fue pateando un terrón con fastidio, como si le molestara trabajar de noche. Las voces se alejaron. Las luces siguieron un rato, luego se fueron apagando entre ramas y polvo. El motor de la camioneta rugió más adelante. Después otro. Luego silencio. No el silencio de antes. Otro. Uno que todavía estaba temblando.
El monte recuperó la voz despacio, como quien vuelve a confiar. Primero el grillo. Luego una hoja. Luego un animalito corriendo entre piedras. Armando acercó la boca al oído de José y susurró: —Contamos hasta diez.
José, todavía con el corazón desbocado, intentó bromear quedito: —¿Y por qué no hasta once?
Armando no se rió, pero se le movió apenas la comisura. —Por si acaso. Once y doce son mis santos. No por mucho madrugar amanece más temprano.
Contaron hasta doce.
Luego subieron a gatas. Empujaron el camión lo justo para que la gravedad ayudara y el silencio les hiciera segunda. Armando se acomodó en el asiento, esperó, escuchó, y cuando estuvo seguro, giró la llave. El motor prendió quedito, fiel, como animal que también sabe cuándo no hacer escándalo. El tío sopló hacia arriba. Era su manera de agradecer sin ponerse sentimental. —Lo hiciste bien —dijo.
José miró sus manos llenas de tierra. —No hice nada. —Callaste y miraste. Son dos artes. Anótalo sin anotarlo. El que trabaja derecho, camina tranquilo, aunque camine por una brecha.
José tragó saliva. Quiso preguntar quiénes eran, y esta vez Armando le ganó. —Los mismos de siempre, nomás que con cachucha distinta. —¿Los de uniforme? —Unos con uniforme, otros con hambre de uniforme. Apunta en el corazón, mijo: lo más peligroso aquí es la vergüenza ajena con placa.
La frase le pesó a José. No la entendió completa, pero supo que algún día le iba a servir.
De regreso la terracería se volvió menos hostil, como si hubiera escuchado. La Churea avanzó con más calma, aunque Armando no bajó la guardia. Pasaron el entronque a Batúc, donde una cruz blanca apenas se distinguía en la sombra, y al final del vado largo, una figura se despegó del mezquite. José la reconoció antes de verle la cara. Era el Meño.
O parecía el Meño. Porque de noche, con la cachucha echada para atrás y la bolsa de canicas sonando suavemente en el bolsillo, podía ser un muchacho o podía ser un mal pensamiento parado junto al camino. Aplaudió una vez. —Qué bonita escondida —dijo, con la sonrisa filosa—. Nomás cuiden que mañana no cambien de guásima. Los árboles también tienen memoria… hasta que los talan.
Armando se tensó. —Duérmete, chamaco.
El Meño levantó los hombros. —Ya dormí mucho.
Luego miró a José. —Que Dios los regrese. Y si no, pues que los regrese el de la torreta. No te me achicopales, socio.
Armando metió velocidad y lo dejó atrás. Pero José siguió sintiendo su mirada pegada en la nuca mucho rato. El Meño sabía demasiado. O escuchaba demasiado. O alguien le decía de más. Cualquiera de las tres cosas era mala. El que con lobos anda, a aullar se enseña, recordó José, y por primera vez le dio miedo no saber con quién estaba aprendiendo aullar su amigo.
Al regreso el pueblo los recibió dormido, con la boca entreabierta. Los perros ya no ladraban; roncaban como hombres cansados. Algunas brasas seguían vivas en los patios. Una ventana soltaba olor a café recalentado. La casa de José olía a horno y alivio: té de canela, empanadas de calabaza y el metal caliente del quinqué templando la penumbra.
Doña Claudia los esperaba sentada junto a la mesa, con las piernas bien plantadas en el suelo, el rebozo sobre los hombros y el escapulario dando vueltas entre los dedos. No preguntó de inmediato. Primero los miró. A José le vio la tierra en la ropa, el susto en los ojos, el silencio nuevo en la boca. A Armando le vio el cansancio en el cuello. Entonces sí dijo: —¿Y bien? ¿Cómo les fue?
Armando se dejó caer en una silla. Se tronó el cuello con un crac chiquito, como si acomodara el mundo otra vez en su lugar. —Bien.
Doña Claudia soltó el aire. —Ajá. Bien dicen los hombres cuando no quieren preocupar a las mujeres.
María del Socorro apareció en el marco de la puerta con un trapo en la mano. No lloraba. No reclamaba. Pero su voz salió bajita, cargada de algo más profundo que enojo. —Cada viaje te come un pedazo, Manito. ¿Cuántos te quedan?
Nadie respondió. Porque a veces las preguntas verdaderas no se contestan. Se quedan ahí, sentadas en la mesa, junto al pan y al café, mirando a todos.
José tomó el té de canela que su madre le puso enfrente. El calor le bajó por la garganta y sintió que el cuerpo se le acomodaba otra vez dentro del esqueleto. Miró el fogón. Las brasas estaban rojas, vivas, escondidas debajo de la ceniza. Pensó que así eran ellos. Así era su familia. Así era el bacanora. Algo caliente debajo de algo que parecía apagado. Aquí el calor no nos detiene, nos templa, le había dicho alguna vez su tata. Se quedó callado un rato. Luego habló sin levantar mucho la voz. —Yo no quiero aprender nomás a correr.
Armando lo miró. José siguió, sintiendo que las palabras le salían desde una parte más vieja que sus doce años. —Quiero aprender a hacer el bacanora como mi tata. No nomás sacarlo a escondidas. No nomás cargar barricas. Quiero hacerlo bien.
La cocina se quedó en silencio. Pero no fue un silencio duro. Fue un silencio que se abrió para escucharlo.
Armando lo miró fijo. Esta vez no con la dureza del camino, sino con algo más suave. Casi con orgullo. Casi con miedo también. —Entonces mañana al amanecer vamos a Usabra —dijo—. Al barranco. Donde hierve el corazón del maguey. Fierro, que esto apenas empieza.
Doña Claudia empujó una empanada hacia José. —Que hierva, pero que no se amargue.
Luego miró a Armando. —Y que hierva con mano limpia. La gente seria habla con resultados.
Armando no contestó, pero aceptó la frase bajando apenas la mirada. Antes de acostarse, José salió al zaguán. La noche olía a polvo que se asienta, a gallina dormida, a leña recién cortada. El poste de la esquina todavía guardaba calor, como lomo de caballo después de la jornada. José respiró profundamente. Entonces alguien carraspeó en la sombra. Era el Meño.
Otra vez. —¿Todo bien? —preguntó, como si hubiera sido parte del poste todo el tiempo.
José lo miró. Midió su voz antes de soltarla. —Todo bien.
El Meño asintió despacio. —Qué bueno. Ojalá les siga alcanzando el silencio. Amalaya no se les acabe antes de tiempo.
José sintió el golpe, pero no se lo regaló en la cara. —Ojalá a ti te alcance para no meterte donde no te llaman.
No lo dijo con filo. Lo dijo parejo. Y a veces lo parejo corta más. El Meño soltó una risita baja, de esas que parecen un truco antes de enseñarse. —El camino es de todos, socio. Yo nomás escucho. —Escuchar no es lo mismo que ayudar. —Depende de quién pague.
José endureció la mirada. —Nosotros no pagamos avisos.
El Meño lo miró un segundo. Después se llevó la mano a la nuca y se rascó, como hacía siempre que mentía o cuando estaba armando algo. —Ya veremos.
Pateó una piedra como si fuera una canica grande y se perdió en la esquina. José se quedó mirando hacia donde se había ido. El Meño no era enemigo todavía. Pero ya no era solo amigo. Era algo atravesado. Algo que caminaba al lado del camino, no encima. Algo que podía ladrar para avisar o para vender el susto. Camarada de lejos y alhuate de cerca, pensó José, sin querer pensarlo.
Al amanecer, el frío cortó la piel con cuchillo limpio. El cerro todavía estaba en sombra, de color plomo lavado. Las gallinas apenas empezaban a moverse, y el pueblo seguía medio dormido, con humo saliendo de unas cuantas cocinas.
Armando llegó al patio con una cuerda colgada al hombro, un machete en una mano y una pala corta en la otra. Traía una camisa de caqui remendada con hilo azul. La barba le oscurecía la cara y los ojos ya venían despiertos desde antes de abrirlos. José guardó su libreta en el bolsillo, se amarró la linterna y se metió una navaja pequeña entre la ropa. Ese metal pesaba más que su tamaño y menos que su destino.
María del Socorro les puso café espeso en tazas de peltre. También les dio un taco de frijol y dos de machaca envueltos en una servilleta de tela, bien apretaditos, para que el camino no los deshiciera. —Cómanse eso antes de que el hambre los haga mensos —dijo—. El que trae hambre, no ocupa que lo empujen, pero sí ocupa tortillas.
José sonrió apenas. Doña Claudia apareció en la puerta, envuelta en su rebozo. —Y no anden creyéndose más listos que el monte. El monte oye hasta cuando uno piensa feo. Acuérdense que árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza, pero árbol que aprende al viento no se quiebra tan fácil.
Armando se acomodó el sombrero. —¿Listo? —le preguntó a José.
El muchacho sintió la libreta en el bolsillo, la navaja fría, el olor del café, la mirada de su madre, el escapulario de su nana, el recuerdo de la torreta, la voz del Meño en la esquina. —Listo. Arre.
Un gallo cantó fuera de hora, como si se hubiera equivocado de mundo. La sierra, antigua, herida, terca, pareció escuchar el plan y asentir con el filo de sus picos. Esta vez, los perros del camino no ladraron cuando salieron. Nomás levantaron la oreja.
José lo notó. Y entendió que el camino tenía muchas maneras de avisar. A veces ladraba. A veces callaba. A veces ponía una luz azul en el vado. A veces un hombre con cachucha en la esquina. A veces una guásima con cicatriz. A veces una madre que no volteaba porque si volteaba se le quebraba algo. A veces una abuela que prendía veladoras no para pedir milagros, sino para que el miedo no entrara solo. En el desierto no crece cualquiera; crece el que tiene raíz fuerte.
Caminaron con la luz todavía por nacer. El barranco de Usabra respiraba fresco desde abajo. El aire subía entre magueyes como incienso áspero, olor a tierra húmeda, piedra fría y planta brava. Los agaves se abrían sobre las laderas con sus pencas duras, armadas de espinas, como animales antiguos esperando su turno. Armando iba adelante. No volteó cuando habló. —Hoy no venimos a escondernos.
José apretó la navaja en el bolsillo. —¿Entonces? —Venimos a aprender. La clandestinidad también se honra cuando se hace bien. Más vale paso firme que carrera sin rumbo.
José miró el barranco. Le pareció que allá abajo había algo esperando desde antes de que él naciera. —¿Y si aparecen los del vado de Mátape?
Armando siguió caminando. —Que aparezcan.
José lo miró. —¿Así nomás? —El que trae oficio aguanta preguntas. Y el que trae palabra responde con trabajo. Primero se suda, luego se presume, y nosotros todavía estamos sudando.
El silencio se llenó de pájaros pequeños. Una liebre cruzó delante de ellos y dejó un zigzag breve entre la tierra suelta. José sintió el metal frío de la navaja y, dentro de ese frío, le cupieron muchas cosas: su tata Chiripa tronándose el cuello antes de decidir, su nana Claudia soplando el quinqué, su madre apartando un plato por si alguien llegaba, su tío Armando con su media sonrisa de alambre, la torreta azul latiendo en el vado, el barro apagando el brillo de un broche, el Meño rascándose la nuca después de decir "ya veremos". Todos, de algún modo, eran los perros del camino.
Los que avisan. Los que muerden. Los que acompañan. Los que venden el ladrido. Los que cuidan desde la puerta. Los que se equivocan de dueño.
Y en medio de esa jauría callada, José entendió que no quería aprender solo a correr. Correr servía, sí. A veces salvaba. Pero vivir corriendo era otra forma de estar preso. Él quería aprender a quedarse. A mirar el maguey de frente. A entender la lumbre. A honrar el oficio. A hacer que lo suyo dejara de viajar siempre escondido bajo una lona. No nacimos para rajarnos, nacimos para aguantar vara. Quería conocer el lugar donde hervía el corazón del maguey.
Quería entender por qué el silencio, en su familia, no era cobardía ni vergüenza, sino una lengua antigua que se hablaba con respeto.
Quería que lo clandestino no significara esconder la cara, sino cuidar la memoria hasta que llegara el día de sacarla a la luz.
Y mientras bajaban hacia Usabra, con el amanecer abriendo una línea dorada detrás de los cerros, José sintió que algo dentro de él también empezaba a aclarar. No todo. Todavía no. Pero sí lo suficiente para saber que aquella vida no podía quedarse solo en correr de noche, esquivar torretas y confiar en árboles con cicatrices. De aquí somos: de tierra dura, de palabra firme y de trabajo pesado.
Algún día, si Dios le prestaba fuerza y la sierra le prestaba camino, él iba a poder responder "todo bien" sin esconder nada. Y que fuera verdad.



